Sol transmite desde la capital.
A sus veintiún años le va bien en el mundo del modelaje webcam. Ojos avellana, pelo negro, pechos grandes, divino rostro y personalidad alegre y extrovertida. Rentó un apartamento en un quinto piso en la avenida Bolivariana. Es muy regular en su horario de transmisión, de catorce a veintidós de lunes a sábado. Hay días que empieza un poco después de las dos de la tarde, pero luego se alarga un poco para compensar. Depende los usuarios que se hayan conectado ese día. Muchos de los nicknames que reconoce a diario son sus seguidores –fans de sus redes sociales de trabajo y algunos hasta se suscribieron a la página de pago mensual–. Recién pudo verificar su cuenta en onlyfans.
Un día normal de transmisión, Sol se mueve sensualmente frente a la cámara. Tiene ciento cuarenta y cinco y ochenta y seis usuarios conectados respectivamente en las dos páginas públicas en las que transmite. Ha tratado de seguir estrictamente los códigos del modelaje web cam: bloquear el país de origen, no dar números personales ni direcciones, no intimar demasiado con los usuarios. Aún así sabe que hay usuarios del país que han burlado el bloqueo con una I.P. falsa, pero mientras paguen y sigan las reglas no habrá problema.
Le gusta la vista que puede disfrutar desde su casa oficina. Sale temprano en las mañanas a la universidad y casi llega con el tiempo justo para prepararse y empezar su transmisión. Lleva ya un año en esta rutina. Ha ido disminuyendo las visitas a su pueblo natal que está a cuatro horas de la capital, donde viven su madre y un hermano menor. Su padre vive en Chicago desde hace muchos años, las llamadas y conversaciones se han ido espaciando desde que él no ocultó que tenía una nueva familia.
Comenzó a los dieciocho años en una agencia de modelos, pero no resistió las comisiones que se llevaban por promocionarla y darle soporte para la transmisión. Se aseguró de contar con todos los usuarios y claves para poder transmitir independiente. Se procuró los juguetes necesarios y con apoyo de algunos amigos pudo montar su pequeño estudio webcam. Sus veinte mil seguidores casi no notaron el cambio.
Durante la transmisión un día lunes tipo seis de la tarde notó la luz juguetona de un apuntador laser rojo que ingresaba por la ventana y revoloteaba en una de las paredes del dormitorio principal. Al asomarse a la ventana el molesto laser desaparecía. Podía venir de cualquiera de los apartamentos y casas de la calle de enfrente de esta zona residencial de la capital. Se sintió acechada por un desconocido que quería importunar al azar a los vecinos.
La
historia se repitió durante tres noches seguidas. “¿Qué se le perdió?”
Gritó dirigiéndose a la calle. Llegó a odiar ese apuntador laser que
violaba su privacidad pasando incluso a través de las persianas de tela
que tenía colocadas el departamento. “¿A los otros vecinos no les
molesta?” Se preguntaba. El jueves pareció olvidarse del problema.
Tuvo un viernes largo. Un usuario italiano le pagó casi una hora de show privado con squirt incluido. Ganó un poco más de doscientos dólares. Terminó exhausta y solo quería relajarse viendo historias hasta que el sueño la venciera. Pero la luz del molesto láser volvió a revolotear casi de forma automática cuando ingresó a su habitación. Irritada apagó todas las luces y decidió ocultarse en las sombras hasta averiguar de dónde venía la luz. El cansancio fue más fuerte y cayó rendida.
Despertó
a la mañana recordando pedazos de sueños inconexos. Se asomó a su
ventana y escudriño el edificio de enfrente. Decidida a descubrir al
vecino molesto que irrumpía en su habitación con esa tonta luz. Varias
personas salieron apresuradas del edificio, ninguna levantó la mirada
hacia su apartamento para delatar algún indicio. De pronto vio que una
silueta se alejaba de una ventana ocultándose. Tercer piso, apartamentos
de la izquierda. “Algo es algo” se dijo a sí misma alentando su somera
investigación.
Sol le pidió esa tarde a Marco que viniera a su casa para ayudarle con problemas de la transmisión. Era su soporte técnico para configuraciones, accesos, conexiones. Incluso le había conseguido el fotógrafo profesional para armar su portafolio de modelo. Se conocieron en alguna fiesta de la universidad y él soñaba que alguna vez, Sol recompense su esfuerzo y dedicación ya no con dinero sino con alguna forma de cariño y por qué no, pasión. A las tres llegó Marco disculpándose por el tráfico e inquiriendo cuál era el problema.
Le explicó la situación y las pistas que tenía. “Ja, ja, no soy detective”, respondió, pero ante su insistencia a los pocos minutos ya se había colado al edificio de enfrente para tratar de averiguar quién lanzaba esos haces de luces en el dormitorio de su amiga. Calculando llegó a la puerta donde Sol había visto la silueta y timbró. Se fijó que había un sello del Independiente en la puerta. “No le puedo abrir, mi nieto no está” dijo una voz que calculó de avanzada edad. “Gracias”, respondió. Timbró una segunda puerta, pero esta vez nadie contestó. Buscó la salida preguntándose a sí mismo que estaba buscando. Le informó a Sol que, salvo ese detalle, no había nadie en los apartamentos. “Me voy, tengo afán”, le dijo por celular para evitar subir a despedirse. Ella había comenzado su show de la tarde.
“Debe ser el nieto de la señora” pensaba Sol durante su transmisión. Lo comentó con un usuario que solía escribir al chat durante las transmisiones. Contó el problema y sus deseos de ir la policía. “No creo que eso sea un delito”, escribió Luckyboy0521, “supongo que la policía colombiana tiene asuntos mucho más graves que atender”. Eso la desalentó. Cada cierto tiempo se asomaba a la ventana buscando la silueta escurridiza. No vio nada. Ante la poca información que poseía prometió olvidarse del asunto.
Casi medio día del domingo, estaba ella misma en el apartamento de la mujer golpeando a la puerta. Vestía elegante y con gafas de sol. Intencionalmente no tocó el timbre. Había leído en redes sociales que había una final de fútbol de no sé qué campeonato y dedujo que el futbolero, hincha de Independiente, no estaría en casa. “Soy amiga de su nieto, tengo un encargo” dijo Sol. “Ramiro no está, no le puedo abrir” respondió la voz desde dentro. Bingo, tenía el nombre. Sol movió la cerradura de la puerta y comprobó que estaba abierta. “Perdón, estaba abierta” dijo colocándose en el umbral. En menos de un minuto había tenido dos golpes de suerte.



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